Historia de un hombre gris en un mundo gris

Esta es la historia de un hombre Gris en un mundo Gris. Es la historia de un hombre que sin darse cuenta, comenzaba a vivir soñando y a soñar viviendo. Esta historia pudo haber sido la tuya o la mía, o la de cualquier otro pero fue la de él. Azet Sirt ese era el nombre que aquél hombre. Todos los conocían como Azet. Nunca llegó a entender porqué su madre jamás le llamó por su nombre; ni tan siquiera sabia quien se lo puso ni porqué, ni cual su significado, nadie se lo explicó. Los amigos de Azet tenían nombres distintos, nombres que él no entendía: su mejor amigo se llamaba “Rolod”;, juntos disfrutaban mirando durante horas (ahora no se decía horas, se hacia una señal con la mano extendida doblando los dedos hacia el interior de la palma) los nidos de los pájaros que un viejo árbol situado detrás de su casa entre sus troncos guardaba. Recuerda el día que tuvieron que dejar de ir a ver los nidos de los pájaros; al girar la calle que los conducía al árbol vieron, asustados, como una máquina negra y grande, lo arrancaba. Esa máquina no era conducida por nadie, se movía sola. Más tarde aquel árbol que era grande se convirtió en polvo amarillo que al poco tiempo también se iba haciendo gris. También recuerda a “Samirgal”. Este era un poco mayor que ellos. Lo último que recuerda de Sam (así lo llamaban) fue verlo marchar caminando, junto a sus padres ya mayores, sin dejar de girar su cabeza diciendo adiós con aquellos ojos llorosos. De su amigo Sam también guardaba para sí un recuerdo; ellos eran muy aficionados a pintar nubes, y les gustaba hacerlo de una manera muy especial. Por las tardes, después de la merienda, marchaban al lago que había cerca de casa, más allá del árbol de las cenizas (de esa manera comenzó a llamarse aquél lugar). Al llegar al árbol, aquél que hubiera perdido la tarde anterior, debía dibujar las nubes, pero no las del cielo, no, había que dibujar los reflejos que ellas proyectaban sobre las aguas del lago. El otro, después, mirando aquél dibujo, tenia que pintar un cielo real. Era muy divertido aquél juego, recuerda cielos azules llenos de enormes nubes blancas. Al poco tiempo, tuvieron que dejar de pintar nubes, ya no merecía la pena, todos los dibujos comenzaron a ser iguales. Apenas se notaba la diferencia del cielo y las nubes, incluso el lago también empezó a verse gris, y claro los reflejos de las nubes blancas poco a poco empezaban a ser grises. Se contentaba pensando que a partir de entonces las nubes blancas solo estarían en su mente, una mente capaz de inventar un lago azul donde proyectar las nubes blancas, además como la mente era la suya y él el inventor, el lago sería más grande que el otro, de tal manera, creía inocente, tardaría más en volverse gris. Recuerda a una chica de pelo rojo y ojos negros muy grandes que se llamaba “Arugrama” aunque todos la llamaban “Arug”; con ella, Azet, hablaba de montañas y ríos y prados de color verde. “Arug”, que era más pequeña, jamás vio un prado verde, por eso Azet le explicaba como eran. Ella, sin dejar de mirarlo, oía todo lo que Azet, emocionado, contaba acerca de los prados verdes. Sonreía Arug cuando Azet, con los ojos muy abiertos sin parar de gesticular con las manos, contaba que en los prados verdes hubo un tiempo donde las familias llegaban de todas partes y se acostaban y, mirando las estrellas, quedaban dormidos; y los niños corrían y se caían y no se hacían daño. Los prados verdes, eran tan verdes, que a veces, las flores verdes no se veían, solo las amarillas y las rojas se podían coger. Arug, asombrada por aquellas historias, preguntaba una y otra vez a Azet cuando la llevaría a ver un prado verde aún a sabiendas que no podría ver las flores verdes; Azet no encontraba respuesta. Sabia que en aquellos prados los niños hacia tiempo habían dejado de correr, estaban rodeados de cables y alambradas muy altas, estaba prohibido acercarse a ellos, decían que era muy peligroso desde que los hermanos Sodidrep, un día estando en el prado perdieron las piernas. Arug pensó que seguramente habrían pisado alguna de aquellas flores grises que Azet le contó habían empezado a crecer. Azet siempre fue un chico alegre y dicharachero. Gustaba correr por los caminos, hasta llegar a lo alto de una pequeña colina desde donde podía ver, al fondo, casi tapadas por un manto grisáceo que, todas las mañanas a esa hora, caía del cielo, las montañas que algún día, se había jurado escalar. Cada día corría más y más deprisa porque tenia la sensación que llegaría el día que aquella cortina gris seria tan espesa y oscura que le impediría poder ver sus montañas (él pensaba que eran suyas, tanto las quería…). También disfrutaba yendo a pescar a un riachuelo que bordeaba unas tierras más allá del bosque en el que un día su padre, se perdió; al menos eso fue lo que le contaron los mayores. Azet hace tiempo que tuvo que dejar de ir a pescar, el riachuelo se secó y nunca más volvió a ver aquellos peces que parecían jugar nadando alegres entre aquellas cristalinas aguas de las que muchas veces incluso había llegado a beber cuando la sed apretaba bajo aquel radiante sol de Junio. Aquel manto gris que cada vez llegaba antes, cuando marchaba, (siempre era por las noches), pareciera llevarse los peces del riachuelo, incluso a veces, hasta el mismo Sol parecía sucumbir ante él. Estaba Azet muy preocupado porque temía incluso quedarse sin el mes de Junio. En cierta ocasión recuerda Azet haber mantenido una conversación con una flor gris muy bonita a pesar de tener apenas dos o tres pétalos. Le preguntaba Azet, sentado en el suelo junto a ella, porque estaba tan sola. La flor gris de pocos pétalos, pareció entender a Azet, le contestó que sus amigas, un día se negaron a salir porque ellas querían seguir siendo como siempre fueron. No dudó entonces en preguntar de qué color eran, la flor gris, cerrándose sobre sí, contesto que Amarillas. Claro, se dijo para si Azet, ahora recuerda que hace mucho tiempo aquellos campos eran amarillos y parecían moverse cuando los vientos, que no tenían color, suavemente las acariciaba. Pasaban los días y Azet, sentado sobre una vieja silla miraba por la ventada a través de su máscara. Se la tenía que poner todos los días durante dos horas después de levantarse y otras dos antes de acostarse. Su madre como era mayor, tenía que llevarla todo el día, él solo 4 horas. A veces se levantaba a media noche para poder ver su cara aunque fuera dormida, era el único momento en que ella se desprendía de aquél horrible disfraz. Recuerda la cara de su madre dormida, aquella piel suave y delicada, apenas sin arrugas, blanca, de un blanco nacarado y unos ojos pequeños y hundidos. Los labios, dibujando sonrisas, parecían pintados sobre un papel húmedo. Cuando desde la oscuridad de aquella habitación miraba a su madre dormida, a su mente llegaban todos los abrazos y todos los besos que hacía tiempo tanto echaba de menos. Tuvo que pasar mucho tiempo para empezar a comprender el porqué su madre le negaba aquellos besos y abrazos. Durante el tiempo obligado de máscara (2 horas por la mañana y 2 por la noche), Azet se distraía observando como aquellas figuras con trajes blancos pasaban una y otra vez, cargando en aquellos enormes camiones, deformes bultos negros que iban amontonando unos sobre otros. De uno de ellos, por los agitados vaivenes de aquel transporte pareció caer algo, más tarde, pensó, cuando saliera a ver sus montañas, lo cogería. El tiempo que debía estar con la mascara se hacia largo, por ese motivo su mejor distracción era dibujar. En las páginas de su libreta favorita, dibujos de todo lo que recordaba antes de que los días empezaran a oscurecer. Lo primero que hizo aquella mañana fue ir corriendo a coger del suelo el objeto que cayó de aquél camión la mañana anterior. Quedó inmóvil cuando, en el interior de aquella bolsa transparente, pudo ver lo que le parecieron unos cabellos como rojizos formando un mechón de un color entrecano ligeramente humedecido. Dejándolos nuevamente en su sitio, el suelo, fue, como siempre, a caminar por su senda secreta para mirar sus montañas. Aquella mañana no pudo pasar por el lugar por el que acostumbraba ya que, una enorme y profunda zanja atravesaba el camino haciendo imposible llegar hasta él. Recuerda que ante este imprevisto decidió ir en busca de Arug por si le apetecería acompañarlo a coger flores grises. Antes de llegar a la casa de ella, alguien que no conocía y que también llevaba un enorme traje blanco, se le acercó y le dijo que debía marcharse, ante su insistencia preguntando por Arug, aquélla figura a la que difícilmente se le podía ver la cara, le contestó que Aruc se había marchado a casa de sus tíos que estaban en otro Estado. El sabia que Arug no tenia tíos en ningún otro estado, de haberlos tenido, se lo habría contado. Pensando en todo aquello, y ante la imposibilidad de ver sus montañas y de no poder ir con Arug a coger flores grises, Azet decidió regresar a casa, al menos allí, podría seguir escribiendo en su libreta favorita. De esta manera pasaban los días, y Azet presentía que algo debía estar ocurriendo en el exterior de su casa. Los días cada vez eran más cortos. Lo que tampoco entendía era eso precisamente. ¿Si los días cada vez eran más cortos, porque las noches no eran cada vez más largas? – se preguntaba una y otra vez, sin llegar a ninguna conclusión – Poco a poco debía estar más tiempo con aquella máscara puesta sin poder salir de casa; pero eso ya daba igual, de todas formas ya no podía ir a ver sus montañas, ni coger flores grises, ni correr para ir a ver los nidos de los pájaros del árbol que se convirtió en polvo amarillo. Aquella mañana quiso saber porque su madre pasaba tanto tiempo en cama, acercándose despacio y abriéndose paso entre aquellas figuras blancas, comprobó que no tenía su máscara puesta, alegre y contento Azet, corrió hacia ella para abrazarla y besarla, entonces una mano blanca se interpuso entre él y la cama obstaculizando su paso. Apartando su cabeza pudo ver la cara de su madre, aquella cara que parecía encendida por una luz inexistente. Aquel rostro permanecía con los ojos cerrados y los labios dibujados; la cara, de piel fina y delicada de la que las arrugas aun no habían apoderado, serena y tranquila parecía descansar; aquella boca que, sin hablar, todos los días me decía cuanto me quería; sus ojos, ahora cerrados, los recordaba con mirada cariñosa, buscándole en silencio por todos los rincones. Aquel cuerpo, envuelto en ropas negras, ya no respiraba. Azet, inclinando su cabeza, comenzaba a comprender que todo iba tocando a su fin. En los días ya no brillaba el Sol; “sus” montañas se perdieron en las espesuras grises. Los vientos llegaban amarillentos, traían consigo el polvo amarillo de millones de árboles arrasados por millones de máquinas negras de otros estados. De sus amigos nunca mas supo, todos se marcharon. Sólo mirando los dibujos de las páginas de su libreta favorita podía recordar los prados verdes llenos de flores amarillas y rojas…. Azet, cansado, de nuevo se sentó, y ahora sin máscara, clavó sus ojos en el horizonte gris que divisaba tras su ventana. El aire caliente empañaba los cristales y él, conforme, despedía el día sin que aún hubiera llegado la noche. Desayunando aquella mañana recordó un juego que su madre le enseñó. Derramando harina de trigo, que aún quedaba de la última recogida de trigo, sobre la mesa escribió su nombre - Azet Sirt -, mirándolo fijamente, casi sin fuerzas quedó dormido. Un sobresalto lo despertó, con los ojos bien abiertos, pero como si estuvieran llenos de arena, vio que todo era gris; el suelo parecía sucio; los muebles viejos; en las escaleras huellas pequeñas que parecían subir solas. Recorría con su mirada aquella destartalada estancia que hasta ahora había sido su hogar, y reparó sobre un espejo, en él podía ver su figura reflejaba sentado con los brazos descansando sobre la mesa. Fijando aún más su mirada, paró en el nombre escrito sobre la harina de trigo, fue entonces cuando lo comprendió todo. Su nombre Azet Sirt había quedado reflejado y en aquel reflejo encontró su Respuesta. AZET-SIRT ---- TRIS-TEZA. Ahora todo empezaba a tener sentido, incluso los nombres de sus amigos, para entenderlos, había que leerlos al revés, el mundo había cambiado y ellos con él. Quizá nosotros, sin darnos cuenta, sin saberlo, hemos comenzado a dejar de ver un poco las montañas del final del camino, o los prados verdes, o el aire que no es amarillo… quizá nuestros amigos ya no existen, y quizá nosotros, sin darnos cuenta, hemos comprendido que formamos parte de este mundo Gris. Azetsirt que significa TRISTEZA, no pudo conseguirlo, seguramente tras esta historia Gris de un Hombre Gris en un Mundo Gris, nosotros seamos capaces de retener todos los colores para seguir dibujando con ellos, reflejos azules y blancos en lagos infinitos.
(jpellicer)









Arugrama dijo
cielos, es la historia que todos niegan pueda volverse realidad. Gracias por compartirla y hacer buen uso de la imaginacion.
9 Febrero 2009 | 01:37 AM