Días que se marchan, días que nos llegan
Contemplando una puesta de sol, la imaginación, desbordada, como sin dueño, recorre los vericuetos más íntimos de nuestro Yo. Una parte de nosotros, agradecida, acaso por recibir una respuesta que no fue pedida, siente esa tan familiar paz que sin saber donde nace, nos llega como bálsamo aliviando nuestra carga. Son momentos especiales, casi únicos, momentos en los que nos dejamos llevar saboreando con el “otro paladar” una plácida sensación de bienestar. Momentos para vivir en soledad, (cuando se viven en compañía, también maravillosos, se confunden con los del Tu que a veces, poco tienen que ver con los del YO), en aquella que nos queda cuando todos han marchado, o cuando ya nos han olvidado. Momentos bellos que también pueden venir cubiertos de negros y fríos recuerdos. Los recuerdos, me dirás, no tienen color ni tampoco calor. Sabes que los recuerdos son la forma con que nuestro corazón canta nuestras más intimas baladas, aquellas que jamás fueron oídas; unas muy tristes que nos hablan de amor y desamor, de despedidas; otras que dejaron en nuestra piel heridas profundas que tardaron años en curar. Los atardeceres bellos, (¿los hay no bellos? – Preguntarás-, Si, son los que no vemos, todos los que nos perdemos) nos anuncian despedidas, también regresos. Los atardeceres se llevan parte de nosotros, seguramente la más bonita, la más querida, aquella que nos ha colmado de dicha. Quizá por ello, ese bello atardecer, roba todas nuestras miradas, más aún, creemos que en su incipiente oscuridad, un poco de nosotros, en ella desaparecerá. Nos aferramos al día y, contemplando ese atardecer, comprendemos lo poco que duró la dicha vivida. Ese atardecer es bello pero lo sentimos frío; frío porque con él pareciera helarse nuestro corazón. Al final, cuando ese bello atardecer “muere” para siempre, sin palabras, con los últimos rayos de aquél sol grabado en nuestras retinas, recobramos el aliento y, conformándonos, giramos la cabeza. Pronto, ese mismo silencio y ese mismo color negro que nos dejó en su despedida aquél bello atardecer, da paso a la noche. Ella, colmada de estrellas, entra despacio luciendo esplendida. Es entonces cuando empezamos a comprender la fascinante belleza de aquél atardecer, un atardecer que no “murió”, solo fue en busca de la Noche para hablarle de nosotros, y esta, en su regazo, nos trae millones de besos y caricias que, vestidas de estrellas, inundan nuestro corazón. Aquél bello Atardecer, que no murió, que solo fue en busca de la Noche vestida de Estrellas; ahora regresa, joven, lleno de color. Con aires y fragancias de rocío, que nos inventan tímidas auroras, tocadas de cálidos y suaves tonos anaranjados, invitándonos a pasar y descubrir nuestro nuevo día. Un nuevo día que nace vacío, porque espera que, lleno de nosotros, inventar un BELLO ATARDECER.
(jpellicer)




