Alcanzando cimas
Entre árboles y riachuelos, percibiendo todos los regalos que aquella tarde de otoño, la naturaleza me entregaba y oyendo el crujir de las hojas caídas que, a modo de alfombra, se amontonaban en el suelo, mi mirada, confundida por tanta belleza, quedó absorta ante esta bella imagen. Muchas veces ocurre que lo más difícil de la vida, decía el pensador, era llegar a entender su terrible sencillez. He tenido la oportunidad de vivir esta frase varias veces para, al final, llegar a empezar a creer que estoy de acuerdo con ella. Aquella ardilla, subiendo alegre, ligera, trepando por su árbol (su árbol puede ser cualquiera), haciendo únicamente aquello para lo que vino a este mundo, naturalmente, era capaz de devolver, si devolver, la sonrisa a quién, seguramente por un motivo banal, hace tiempo la había perdido. La sonrisa casi siempre viene envuelta en papel fino y delicado, es frágil. Quien la provoca incluso no es consciente de la sensación del que la recibe. Quien la provoca, igual que la ardilla, no hace sino lo que en su vida es lo normal, sin embardo para quién la recibe, posiblemente, pueda llegar a ser incluso la tan esperada respuesta; ese medicamento que, a veces, tanto necesita el alma. (Si amigos todos sabemos de los medicamentos del cuerpo y también, aunque no los podamos comprar en farmacias, de los del Alma). Estos últimos, los del Alma, solo nos lo pueden recetar las ardillas, siempre que tengamos tiempo de ir a su consulta, Esta es la terrible sencillez a la que me refería al principio. (jpellicer)




