Encerrados
En un segundo, me dijeron, mi vida vería pasar. Para ver mi vida no se necesitaría tanto tiempo. ¿Cuánto se valora el tiempo aquí? Percibo como se van apando en mi cerebro mis lejanos recuerdos, y en su lugar, jinetes negros golpean con sus riendas sobre caballos blancos que, desbocados, galopan sin sentido, a lo lejos, se acercan. Murmullos que se convertirán en estruendos que estallaran en mi cabeza cuando, mañana, lleguen en mi busca. Sin poder escapar, mirando sin ver, dibujo en paredes imaginarias puertas grandes y blancas que se abren para mí. Busco y no te veo, no estás. Quizá ya marchaste. Voces que me llaman y manos que me reclaman con suaves movimientos, no quiero ir, no deseo salir de este pozo negro que aunque es pozo y es negro, sé que lo es. Fuera, lo desconocido; lo que otros vivieron y jamás me contaron; no quiero seguir la senda de aquellos que, abriendo mi camino, partieron ayer. Es la hora, millones de ojos clavados en los míos, y estos, semicerrados, abriendo paso a lágrimas furtivas que buscan el suelo desde cada vez menos distancia. Te busco entre la multitud y no te veo. Mi mente empieza a imaginar serenos paseos por verdes prados donde los ríos desbordados de aguas cristalinas bajan caudalosos; el trinar de los pájaros me invita a la conversación y las hojas de los árboles, susurran a mi paso. Ya se hizo el silencio y con él llegó la paz. Esa que tanto añoré y por la que tanto luché…
Encerrados, presos de nosotros mismos, esclavos de nuestros silencios, sometidos a la más cruel de las sentencias, la indiferencia. Somos capaces de sentir e imaginar todos los mundos que existen a nuestro rededor y, por momentos, quisiéramos formar parte de ellos. Quisiéramos romper las cadenas que, invisibles, nos atenazan, nos paralizan. Quisiéramos saltar y soltar, y correr y llegar. Quisiéramos gritar a pesar de saber que nadie nos escucharía. Quisiéramos llorar, aunque solo fuera para que alguien se apiadase de nosotros. Como implorando indulgencia por los pecados que no hemos cometido; como suplicando perdón, incluso por los ni tan siquiera imaginados. Sentimos que no sentimos, sentimos nacer el día sin embargo sabemos que no formamos parte de él. Sentimos que estamos sin estar. Los días y las noches solo están separadas en nuestra cabeza, nuestro cuerpo hace tiempo que dejó de diferenciar. Ahora entendemos de soledades, y de incomprensiones. Ahora vemos de cerca la cara del miedo. Ahora sentimos ese frío que nos hiela la sangre y nos roba las palabras. Ahora, quizá cuando menos la esperábamos, nos visita…
(j.a. Pellicer)








